En este artículo de reflexión, medito como extranjero sobre lo que se denomina “Cultura Metro” en Medellín, Colombia. Aunque articulada en un discurso de cuidado hacia uno mismo, los demás y el entorno, sin violencia, sostengo que la Cultura Metro debe considerarse principalmente como una forma de soft power que respalda a Medellín como una marca. Presentada como un “modo de relación positivo”, casi no queda espacio para el desacuerdo. Este uso gerencial de un marco de flores y amor silencia a ciertos actores que cuestionan las aspiraciones elitistas de la ciudad, oculta las duras realidades de las víctimas del desarrollo y nos impide cuestionar cómo reinventar el espacio político y la cuestión urbana.
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